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| Foto de Osvaldo Samuel Rendon |
He leído y escuchado airadas quejas alrededor del grito homofóbico en contra del portero de la Selección Mexicana® de futbol, paqueteadas junto a los abucheos a la propia selección y los "olés" a favor de Portugal, sobre todo de comentaristas profesionales. Me parece que hay varios detalles llamativos, por no decir suspicaces, en esos alegatos. Primero, el grito homofóbico es lo único incontrovertible en esa tríada: está mal y no hace falta defenderlo. Una vez concluido ese apartado, me parece que las otras dos manifestaciones que han escandalizado a los comentaristas del buen decir pambolero son, perdón, muy poco si no es que nada escandalosas y, por el contrario, muy reveladoras del estado actual de la relación entre el público y el futbol mexicano.
Para empezar, me parece que los "olés" a favor de Portugal son la cosa más comprensible del mundo. Portugal es la selección campeona de Europa, había expectación por ver a Cristiano Ronaldo, aunque al final no vino, además de emoción por ver convocado a Paulinho y entusiasmo por ver en vivo a Vitinha, y ahí le paro. El caso es que hemos visto a suficientes connacionales vistiendo playeras de las selecciones brasileña, argentina, española y si me apuran hasta alemana como para saber que en México no es anatema apoyar a un rival a nivel internacional, especialmente cuando esos rivales tienen un nivel incontrovertiblemente superior y un palmarés que, para decirlo elegantemente, te cagas. No habría de ser diferente con Portugal.
Pero vamos a aceptar, aunque sin conceder, que sí: que en aquel ideal manual del buen aficionado que algunos comentaristas parecen tener en mente, una hinchada fiel no celebra jamás ninguna hazaña del contrincante. Nos queda, pues, una última manifestación del descontento: los abucheos a la propia selección mexicana de futbol. Ha habido un rechazo más o menos generalizado, con matices aquí y allá. “La afición mexicana es la única que abuchea a sus clubes y a su selección”, dijo el Pollo Ortiz en Fox Sports. Otros varios comentaristas de distintos medios hicieron afirmaciones similares, cosa que me parece rarísima toda vez que recuerdo claramente a la afición argentina abucheando a Messi cuando jugaba con la Argentina y fallaba todo, y esa es la misma afición que acuñó el canto "que se vayan todos, que no quede ni uno solo", que ahora es prácticamente como un himno intercontinental para los hinchas de equipos mediocres. He visto a barras cantarle a sus técnicos que ya se van, abuchear a sus propios jugadores cuando entraban a la cancha y gritarle majaderías a sus propios porteros después de un error funesto. Pretender ahora que la afición al futbol es un asunto de una lealtad inquebrantable que si no vitorea enmudece no solo me parece de una tetez insufrible sino, peor aún, de una ignorancia, hipocresía o una impudicia tremendas, en el peor de los casos: o no se sabe o se finge que no se sabe o ya de plano se miente respecto a que no se sabe.
Alberto Latti, que no jugó futbol profesionalmente, dijo en Claro Sports que, aunque no coincidía con ellos, los abucheos le parecían producto de una "muy justificada molestia de muchos años... la gente está muy enojada porque no se cambiaron las estructuras de nuestro futbol". A Paco Gabriel de Anda, que sí jugó futbol profesional, la cosa le parece absolutamente injustificada; en la mesa de ESPN sostuvo que si "si la gente va a abuchear, mejor que no vayan al estadio". Me siento inclinado por la postura de Latti, quién sabe si porque yo tampoco jugué futbol profesional, pero creo que todavía puedo hurgarme la sesera un poquito más y avanzar otro poquito en este asunto, que no me parece menor.
Para ello, perdón pero ya me conocen, me voy a permitir una tangente. El otro día estaba pasando tiempo de calidad con mi TikTok cuando me apareció un video recomendado. En él se veía a un equipo de niños muy pequeños, a lo mucho de seis años, que estaban sufriendo una paliza inmisericorde a manos de otro equipo de niños también muy pequeños. Era una escena francamente enternecedora: una docena de chiquillos que nadaban en sus chores persiguiendo una pelota del tamaño de su cabeza con una graciosa torpeza que le arrancaría una sonrisa al mismísimo Kim Jong-Un. De pronto, el camarógrafo, que era tal vez uno de los padres de los chiquillos del equipo apaleado, comenzó a imitar en un susurro aquel canto de una hinchada inconforme que reza “que se vayan todos, que no quede ni uno solo”. El niño que lo acompañaba —su otro hijo, hermano de alguno de los que jugaban, me pareció a mí— soltó una carcajada gozosa mientras su padre continuaba en voz baja el canto entre risitas. Y, quiero detenerme ahí: en la siempre reveladora risa.
Porque lo que en este caso revelaba la risa es que ese canto —esa desaprobación brutal y desoladora de un equipo mediocre— era inconcebible en ese contexto. Nadie pensaba dirigir ese canto en serio a ese equipo porque son unos nenes, obviamente, pero también porque son familia, porque no es tan serio, y acaso sobre todo, porque están ahí para divertirse, para pasarla bien, porque en la cancha está jugando alguien que aman. Ese goce que emana del amor de entregarse irracionalmente a un equipo, gane o pierda, aunque siempre con esperanza de ganar, una esperanza quizá realista o tal vez ilusoria, pero esperanza. “Me enamoré del futbol tal como más adelante me iba a enamorar de las mujeres”, escribe Martin Amis en Fiebre en la grada, “de repente, sin explicación, sin hacer ejercicio de mis facultades críticas, sin ponerme a pensar para nada en el dolor y en los sobresaltos que la experiencia traería consigo”. Nadie se atreve a gritarle banalmente un canto derogatorio a un equipo que ama, salvo si la ocasión lo amerita. El partido contra Portugal no ameritaba un grito derogatorio contra México por parte de aquellos hinchas que aman a su representativo, pero lo que sucede es que, en realidad, ya casi nadie ama a la Selección Mexicana.
Estoy, por fin, arribando a las inmediaciones del punto. Quédense un poquito más. La afición mexicana al futbol es, hoy por hoy, una afición que ha perdido esa cualidad amatoria, dentro pero también fuera del estadio. Si en 2010 la derrota contra Argentina había sido incontrovertible, dolorosa pero incontrovertible, y en 2014 la derrota contra Holanda vía ese penal que muchos dicen que no era penal nos había regalado el consuelo de la victoria moral, y en 2018 perdimos contra Brasil y no se necesita decir más, para 2022, en Qatar, la eliminación en fase de grupos sí se sintió como un desastre, y los cuatro años previos también fueron un tanto irregulares, y los cuatro años posteriores fueron peores, hasta llegar a este año, el año del mundial de 2026, un mundial que se siente ajeno aunque se juegue en casa, con precios exorbitantes que han prácticamente exiliado del estadio a una porción importante de la clase trabajadora, que es la que más va al estadio en los partidos de la Liga MX, la que más compra mercancía y la que de hecho mantiene viva culturalmente la idea del futbol; un mundial en el que el dueño del Estadio Azteca —perdón: ¡Banorte!— le vendió el nombre del estadio a un banco para poder financiar una remodelación para la que trató de despojar ilegalmente a los palcohabientes a los que su padre convenció de invertir en la construcción del estadio. Eso por no meterme en los problemas de la liga, que sabemos que no son pocos. Mundial por mundial, temporada por temporada, la Federación Mexicana de Futbol se ha encargado de erosionar el amor que pretende capitalizar.
No es ningún secreto que el futbol en México —o, para ser más precisos, los dueños del futbol profesional en México— han decidido desde hace ya varios años encaminarse a un modelo de grandes franquiciasprivadas, más similar al de la liga estadounidense que al de, digamos, Argentina, donde la mayoría de los clubes profesionales de futbol son asociaciones civiles en manos de sus afiliados, o Inglaterra, donde la tradición del club propiedad de sus aficionados es rica y extensa, especialmente en ligas inferiores y semiprofesionales. Eso ha conllevado un acercamiento que ha incluido a la Selección Mexicana, a la que en años recientes ha sido más frecuente verla jugar en territorio estadounidense que mexicano, en lo que muchos han leído, a mi parecer correctamente, como un intento de cobrar entradas en dólares a los paisanos que viven de aquel lado del río Bravo y que aún ven con nostalgia benévola al Tricolor. Estos factores han provocado el distanciamiento entre la afición y el futbol mexicano, en especial el producto Selección Mexicana®, propiedad de la Federación Mexicana de Futbol, que pese a lo que pueda parecer por su nombre no es un organismo gubernamental sino una asociación civil, en el papel sin fines de lucro, sí, pero constituida y dirigida principalmente por los dueños de los clubes, esos sí con fines de lucro. Mi tesis es que toda esta lógica ha desembocado irremediablemente en una afición mexicana desprovista de amor por su futbol y en especial por su selección. La experiencia se traduce a todas las maneras de vivir el futbol: ver un partido en la televisión es un suplicio, no solo caro sino que además atiborrado de publicidad y anuncios de casas de apuestas; ir a un partido del Mundial es virtualmente imposible para el ciudadano mexicano promedio, que verá a extranjeros, influencers y celebridades ocupar las gradas para ver un deporte que para muchos sigue siendo propiedad del barrio antes que de las multinacionales. Si en el Mundial de 1986 el presidente de México insistió en que las entradas tuvieran precios accesibles para la gran familia mexicana, en el Mundial de 2026, la presidenta de México insistió en rifar… un único boleto al partido inaugural, el suyo, a una mujer de 16 a 25 años que mandara un video haciendo dominadas. Indicadores de recesión, me parece que les llaman.
Para suplir la carencia emocional de este romance roto, el marketing de la Selección Mexicana ha incurrido en la creación de una épica reciclada, tratando de reavivar el fuego de la pasión de unas cenizas ya muy dispersas. Tras el fracaso en Qatar, la Femexfut prometió mejorar y hacer cambios estructurales. Mirando hacia el futuro, trajeron a alguien del pasado para comandar a la Selección: Javier Aguirre, exjugador y director técnico especializado en rescatar equipos del descenso; Aguirre convocó a un portero histórico que actualmente vive horas bajas, Guillermo Ochoa, más por su pretérito que por su presente. El patrocinador oficial de los uniformes, Adidas, ha lanzado una multitud de jérseys y chamarras oficiales de la Selección Mexicana, y ha resultado notable que una porción importante aluden a épocas mejores de este equipo. El jérsey oficial es un remake del jérsey de Francia ‘98, cuando los botines nacionales se cubrieron de gloria al perder épicamente contra Alemania, mientras que algunos otros lanzamientos aluden claramente a México ‘86, la última ocasión, hace cuarenta años, que el combinado nacional llegó a cuartos de final, donde también perdería con gallardía frente a Alemania. El producto Selección Mexicana de Futbol® tiene que recurrir a las viejas glorias para disfrazar de hazaña nuestras actuales medianías.
El aficionado, entonces, recibe un bombardeo mediático que lo empuja a pensar en los momentos épicos en los que se fracasaba heroicamente frente a Holanda, Brasil, Argentina o Alemania, y no en los momentos patéticos en los que a duras penas si se le puede ganar a Arabia Saudita o Estados Unidos. Y aunque el partido contra Portugal distó de ser vergonzoso, se ha construido una experiencia alrededor de la Selección Mexicana que augura gloria en los spots pero que echa el camión para atrás con tal de no recibir un gol; se ha dejado atrás con una patada en el culo al aficionado amoroso para darle un asiento VIP al consumidor exigente. Lo que la Federación olvida es que, a diferencia de los aficionados, los consumidores solo sienten pasión por productos que los satisfacen, y la Selección Mexicana® dista mucho de ser un producto satisfactorio. Ricardo López Si dijo en Apuntes de Rabona que el futbol mexicano está despolitizado y que estas quejas lo reflejaban; siguiendo esa misma idea, el futbol no solo está despolitizado sino que está mercantilizado. Y a las mercancías que no sirven no se les analiza, no se les redime, no se les ama: a las mercancías que no sirven se les desecha. Esos son los abucheos que se escucharon en el Azteca: no la airada crítica táctica del director técnico de butaca ni la rabiosa protesta del apasionado hincha sino las quejas airadas de un consumidor, muchas veces borracho, al que no se le está cumpliendo el discurso de venta.
Hay una cosa más que quisiera decir, ya la última. Es un metacomentario: un comentario acerca del comentarismo. Creo que a buena parte del periodismo deportivo mexicano actual le vendría bien tomar lecciones de otras disciplinas. En terrenos como los de la crítica cinematográfica y literaria, los críticos no temen dirigir sus dardos a los ecosistemas responsables de privilegiar ciertas formas de narrar, de mirar, de posicionarse, de hacer negocio. Al contrario: yo diría que un buen crítico, uno de los mejores tipos de crítico, es aquel que mantiene una conciencia permanente de las fuerzas que influyen a audiencias y a creadores. El comentarismo mexicano de futbol pareciera no estar tan dispuesto a dar ese paso, salvo ocasionales expresiones aisladas, como el programa Tercer Grado Deportivo. Al contrario: al colocar el reproche superficial en el fanático, omite la posibilidad —acaso la responsabilidad— de pensar el asunto estructuralmente. En muchas ocasiones, el comentarismo deportivo mexicano prefiere participar de la ilusión que atreverse a señalar el traje nuevo del presidente de la Femexfut. Pero hacerlo es crucial: la mejora de una institución tan mediática como la Selección Mexicana pasa necesariamente por la activación de medios más críticos, menos temerosos, más incisivos. Más dispuestos a señalar el fallo institucional que el berrinche del aficionado; más concentrados en el síndrome que en el síntoma. Será inevitable: dejarán de invitarlos a tal o a cual partido o conferencia de prensa, tal y como a los buenos críticos de cine y literatura a menudo los dejan de invitar a tal o a cual función o coctel, pero de ahí no pasará. A nadie le viene mal un poco de arrojo.
